sábado, 23 de junio de 2007

Cuento de verano 11ª parte

Hacía calor, posiblemente era verano. No, no lo recuerdo señor inspector. Le juro que ni siquiera recuerdo a qué hora mis pies dejaron de ser míos. Por más que lo intento, señor, no logro recordar a qué hora exacta mis pisadas empezaron a avanzar ante mis pasos..................... (Aloia)

Estaba absorto dentro de mi cabeza. Todo se había borrado de mi conciencia. Señor, le pido que no me ataque tan cobardemente y con tanta saña, hago lo que puedo para intentar resetear mi cerebro aletargado. No se porqué pone esa cara tan larga, como de desprecio. Soy buena persona, no creo que haya hecho nada malo, ¿verdad? Si es así, seguro que no fue culpa mia, fue la humedad que habita en mi alma....... (Hôichi)

Pero qué hablas chalado, que las pisadas avanzan ante los pasos y que tienes húmeda el alma, no será que TUS pasos humedos avanzan SOBRE mi alma pisada. Que me tienes atrapada, puerca apariencia, que tu aliento de vaho me repele cada día con más fuerza, que tus desvaríos me aburren, aquí no hay inspector ni nadie te está mirando, sólo estamos yo y tu yo. (raull)

-Tu yo y Yo en el calor insoportable de este largo y pastoso verano. ¿Estás ahí,? Ok. Tengo la tele puesta y el ventilador entre las piernas.
Dime, ¿qué haces?
-Abría ahora mismo una lata de cerveza...y me he cortado, me cae un hilo de sangre entre los dedos al que le pego ...hmmm...slapsss... un lengüetazo... vaya, acabo de decorar nuestra foto en Arlés con tres manchas rojas.
-Habrán quedado bien al menos, píntame la falda, que era blanca.
-Te acabas de teñir el pelo, un muslo, y haces juego con el suelo.
-Siempre recuerdo esa tierra roja, la verdad...y los girasoles como orejas..." (Pilar)

Creo que voy a follarte ahora mismo. Sabes que siempre me ha puesto a cien tu pelo enmarañado y el olor a sangre fresca. No te limpies, no mancilles ese plasma tan puro con tu pulcra mirada.
Este no era nuestro juego, pero siempre consigues conquistarme con tu perversa e inocente palabra. Se desposeyeron de todas sus ataduras, yacieron en el humeante y rasposo suelo, donde consumieron su sed de cuerpo lascivo. Él siempre supo que estaban hechos el uno para el otro. A pesar de todas las paranoias que sus mentes inventaban para no convertirse en unos vegetales vírgenes de vitalidad inmunda. A continuación sobrevino el gemido, tan abrupto y violento como un rugido. Lo siguiente que acaeció, devino oscuridad inducida por el dolor placentero. (Hôichi)


Continuaba en el suelo imantada más que tendida. La tierra tiraba de ella en una postura que milagrosamente había pasado a ser cómoda. Qué acrobacia es el sexo, habían comentado alguna vez en esas tardes largas de verano en el apartamento de Arlés. En el sexo todo es cómodo, sí, aunque no creas, a veces me pegan unos tirones, decía él mientras con una mano se señala la bragueta. Reían, eran tiempos de risa. Un ruido intermitente de debajo del sillón la fue trayendo a la vida, a la otra, la de la distancia en la que vivían desde la decisión ¿era necesaria? comentaban cada tarde cuando hablaban. Ah, el inalámbrico, se ha quedado descolgado, una sonrisa acompañó a la mano que se extendía con languidez por debajo de las patas a la altura de sus narices… ya me extrañaba, y le dio a repetir llamada. Sonó un rato. Lo imaginaba como tantas veces lo había visto, desprovisto del alma y de materia, en el limbo de los líquidos que esta vez venían acompañados de sangre, su herida, sí, la foto, ah sí la falda, la tierra, los pantalones, quítate… En el silencio al otro lado habían descolgado...hinnn, no me quieres ya, ya no me llamas después de hacer el amor. ¿Me oyes? ¿despiertas? ey, sigo aquí, no me digas que andas tirado todavía, porque… yo también… Sí, se oyó con una sequedad más que de boca. Pues si estás ahí, querido, dime de nuevo, dímelo, no es verdad que aún emerge entre los fantasmas la posibilidad de una isla, una isla de entre los fantasmas, como siempre pensamos, dime ¿aún emerge entre los fantasmas la posibilidad de una isla? (Pilar)

Pulso pausa. Paso a plano general. Reenfoco la escena: salón-comedor, sofá tela raída, televisión silenciada l culebrón de turno, portezuelas de las ventanas-balcón semicerradas, con persiana de esterilla echada para evitar entre el sol en Julio Corriente. Centro la escena, mi cuerpo. Tendido en el suelo, restos de semen en las baldosas respiran mi sudor y la mala conciencia ha dejado una mancha en una de las losetas de barro que no va a haber manera de sacar… Me incorporo, pero antes de colocarme las lentillas de ser culturado en judeo-cristianismo me coloco debajo el ventilador… qué fresquito en los cojones. ¡Ya! Me calzo la falda… ¿o eran los pantalones? (raull)

Debían ser mis pasos y debía ser verano señor inspector,sí, esa mancha, la loseta ensangrentada, la falda blanca que hacía unos instantes besaba y abrazaba, mojaba entre sudor y semen, esa que escondía entre los muslos unos momentos antes, colgaba del televisor como antesala para el gran espectáculo de mirarla de nuevo, ajena, insinuante, lánguida.

...tengo sed, necesito algo de beber...un cigarrillo...

Entró de golpe una bocanada de viento como si una nube de tormenta hubiese tomado aquel lugar de improviso, y miré hacia atrás asustado, a ciegas tanteé intentando recoger los pantalones, algo me decía que en cualquier momento tendría que salir corriendo. De refilón, otra vez ella y la insinuación. Esa imagen. Casi a la vez, sin darme cuenta... ¿fue antes o después? ...no sé, señor inspector, entonces oí aquellas palabras muy cerca de mi oído. (Pilar)


Sí, eso es cierto, una bocanada de viento, de repente, partió la sala en dos. A un lado los gritos; al otro el silencio. Aquel inspector, antes seguro en sus formas, incrédulo ante lo evidente, sintió cómo el silencio se apoderaba de su conciencia. Sólo la vista parecía respoderle porque allí seguía él bajándose los pantalones una y otra vez. Intuía que gritaba suplicando comprensión porque sus labios parecían deformarse al tiempo que se arrancaba mechones de pelo...Pero no escuchaba, no escuchaba, no escuchaba...

Le dio la espalda, no quiso verlo. Quiso alejarse en su presencia y despertar así de aquella pesadilla. Apoyó las manos en la pared y tomó aire; profundamente. Una y otra vez profundamente. Y entre bocanada y bocanada, a lo lejos, muy a lo lejos pareció intuir un sonido. Se incorporó friamente, sin perder la calma y cerró los ojos porque le pareció la mejor manera de no entorpecer al resto de sentidos.

Sí, escuchó. Un susurro, era un susurro femenino. Lo escuchó. Repetía: "aún emerge entre los fantasmas la posibilidad de una isla", "aún emerge entre los fantasmas la posibilidad de una isla", "aún emerge entre los fantasmas la posibilidad de una isla"......

Hipnotizado, se giró en busca de aquellas palabras. Sólo encontró unos pantalones ensangrentados. Ni rastro del hombre, ni de aquella otra voz. Sólo aquellos pantalones.(Aloia)



Se rascó la cabeza y se mesó la barba. Cerró los ojos para comprobar si todo había sido un sueño, una ilusión alucinada o una broma de mal gusto. Nada de eso, volvió a dirigir su mirada hacia la esquina de la discordia. Y allí seguían esos pantalones de pana ensangrentados.
Pensó que quizá el miedo y su hijo ciego habían vuelto a casa.
Sombras y sombras de duda vendida asomaban por sus pobladas cejas. Escalofríos sacudieron su adormecido ser. Es posible que aquel hombre desvanecido fuera aquello que más temía y que antaño fue su razón de ser. (Hôichi)




A 500 km de distancia de aquella esquina una mujer lloraba en su cocina. Una mesa, una silla incómoda, kilos de ceniza y un tazón de café. Ella apoyaba su cabeza sobre uno de sus brazos extendidos sobre la mesa, con el otro se acariciaba el pelo. Bajo el brazo, una carta.

"...Por más que piso estas calles, no llego. Hay veces que lo hago creyendo que me dirijo a algún lugar. Otras convenciéndome de que es bueno hacerlo sin destino. Todas, sin saber qué hago, si es que algo me mueve. Si es que escapo, no sé de qué. Si voy, no sé a dónde. Y por más que busco no encuentro más que nuevos huecos en los que perderme.

Poco a poco, sin hacer a penas ruido, mis días se han rodeado de silencio y en todo espacio me conformo con el abrigo de mi sombra. Una puerta de cerradura solitaria y de la llave original pocas copias. Jornadas de puertas abiertas, muchas menos. Punto a punto sin perder el ritmo y en lo único constante que adorna mi rutina esa cerradura se hace malla, tan pefectamente diseñada que presiento llegará el día en que ni siquiera yo pueda traspasarla.

Para qué servirá tanta perfección, para qué tanto esfuerzo. Ni siquiera allí aguantaré, allí donde a pulso cavo mi sitio...de allí también querré escapar. Y posiblemente sea tarde, mucho, para admitir que sí conocía el camino al tiempo que compruebe que ese camino ya no existe...." (Aloia)

2 comentarios:

Pilar M Clares dijo...

Bien Aloia, el coro de él y ella...bueno, pues vamos chutando, no perdamos la calma, el verano acaba de empezar.
Besicos

Hôichi dijo...

jaja, esto ya parece un serial, haber hasta donde llegamos

besotes